martes, 16 de diciembre de 2008

Lectura en el Botánico*, por Solange Camauër

Empiezo por comparar el Botánico con las lecturas que hacen los escritores o cualquier otro lector, los rizomas y las tramas de raíces, de ramas y hojas que forman los árboles, como las que hacen los libros que se comunican o rechazan entre sí o nacen y se pudren y en las que ingresamos leyendo. Libros nuevos o releídos y rescatados y otros forzados, novedades, obligaciones. Árboles y libros que forman tejidos, texturas de sombras y sonidos diversos. Puedo ponerme un poco sentimental con la lectura, con los efectos
de la lectura, con la esperanza en la lectura. Es difícil leer, siempre lo fue, son pocos los que leen aunque alguna vez se creyó que la humanidad progresaría por el cultivo de la razón y el libro, se creyó en la epopeya de la cultura libresca. Hoy se piensa en otras cosas, en la antropotécnica, en la clonación, en sobrevivir (eso como siempre).
Mi trabajo es leer: doy clases de filosofía y literatura, escribo una tesis de doctorado, corrijo mis propias novelas y textos minuciosamente así que, en ese caso, leo casi con maldad. Corro el peligro de automatizar la lectura y podría ‘vender’ libros y lecturas como celulares o corpiños (cierta literatura se produce y vende de esa forma así que no me escandalizo cuando me excedo y la literatura se vuelve un fetiche como cualquier otra mercancía, después me recupero, van a ver). En algunos períodos leo demasiado y demasiado rápido: este año debo haber leído, releído y también sólo ‘abierto’ (para consultar alguna cita o capítulo), más de cien libros. Les aseguro que, en algunos casos leí tan mal que, aunque los libros no fueran demasiado interesantes, no los merezco. Algo que me salva es que me gusta pensar en los libros, promoverlos, me gusta estudiar la máquina literaria y en cómo esa máquina hace máquina con los lectores y máquina obturada con esa ‘realidad’ que, mientras las palabras intentan describirla, la construye. La literatura es oblicua, como al sesgo, una especie de fracaso maravilloso, inigualable: no cambió el mundo pero lo hizo.
Sin lecturas, yo no tendría ninguna idea, ni siquiera sabría que esto es el Botánico y que estoy en un encuentro de escritores. Aunque me avisaran y me explicaran verbalmente qué ocurre aquí, no entendería, no entendería bien lo que se juega, el entramado de matices: la promoción del libro (el libro, todavía tiene que ser promocionado, una pena), ciertas vanidades de todos nosotros, expectativas, posibilidades, fracasos, mezclados con árboles y ramitas caídas y el olor a sombra y a gato. Hablar no es suficiente porque hablando apenas se narra, casi nunca se alcanza la palabra justa en el orden exacto, esto es: casi nunca se alcanza la verdad parcial pero única que proporciona la palabra escrita entretejida con el silencio: leer (y escribir también) es tejer una red.
Mis ‘libros del año’, la propia lista de best sellers: Glosa y Cuentos Completos, de Saer (Saer está en un pedestal y yo lo adoro); Borges, para siempre; Poesía completa, de Olga Orozco, Zama: Antonio di Benedetto. Dos novelas extranjeras que leí aprovechando mucho y con gran placer: París no se acaba nunca, de Vila Matas y Elisabeth Costello de J.M. Coetzee, manuales de literatura contemporánea para disfrutar y aprender; otras vueltas de Kafka. Fue un año muy difícil y exigente, por lo tanto: Ética, de Spinoza, sueltos de Deleuze y Guattari, algo de Giorgio Agamben, Ricoeur, entre otros. Leo filosofía no sólo por cuestiones de trabajo, es una disciplina para la alegría; aunque suene paradójico, hay un rigor feliz. Podría mencionar otros libros muy queridos pero los catálogos aburren.
También leí muchas pavadas pero, quizás, no importa tanto lo que se lee como la forma de leerlo, el registro que se realiza; como las lecturas idiotas proporcionaron sueldo, curiosidad o evasión, es suficiente.
Un año más y precariamente protegida por los libros y las tramas, otro año en medio del bosque. Me deseo y les deseo bosque para el año que viene.
Voy a leerles un fragmento de Glosa, de Saer, para que disfrutemos sencillamente del ritmo de las palabras. Es la descripción de un cuadro que Leto, uno de los protagonistas, observa y es, a la vez, una descripción de cómo el mundo se hace y deshace en las palabras. (Lectura págs. 218, 219)
Ese fluir incesante que Saer narra y que a veces parece un duro garrote o un bloque de cemento puede tener, quizás, un destino, una especie de alivio: lo que voy a leerles ahora no es cierto, es inverificable pero no por eso es falso, al contrario tiene la fuerza de una convicción que es mucho más importante que lo auténtico; es el final de ‘Del culto a los libros’, de Borges. (p.716)
Para terminar: es obvio que nunca sabremos con certeza cuánto de las lecturas que hacemos influyen sobre los que escribimos: es probable que todo sea influencia con algún aporte propio, un acento o una entonación, las influencias no son plagios, aunque pueden derivar, por fascinación, en plagio. A mí me influyeron tanto los libros, me salvaron, que hasta podría tener un problema: en mis novelas los personajes están siempre, de una manera u otra, relacionados con los libros o la lectura pero, por ahora pienso que escribir ficciones en las que se incluyen libros es una forma de amor amplio constante.

*Este texto fue leído en la Casona del Jardín Botánico, en Palermo, el sábado 6 de diciembre de 2008, respondiendo a la pregunta "¿Qué leen los escritores?" en el marco de las jornadas "Buenos Aires, Ciudad de lectores".

Solange Camauër es autora de Las delicias del jardín (Ed. Sudamericana), Amores velados (Alfaguara) y El Hijo (Alfaguara). Su última novela, Sabiduría elemental, aparecerá próximamente.

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