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miércoles, 24 de enero de 2018

Gracias, Casa de las Américas

En 2017, en homenaje a los 50 años de Cien años de soledad, la revista Casa de las Américas dedicó su número 287 al aniversario de la novela que disparó el boom latinoamericano. Bajo la consigna de por qué le recomendarías a alguien que leyese Cien años de soledad, la Casa convocó a varios escritores para que respondiéramos a esa pregunta.


De regreso de mis vacaciones, me encuentro con que me han enviado a casa la preciosa edición. Gracias, en las personas de Roberto Fernandez Retamar y Jorge Fornet, a todos los que llevan adelante esta revista, que ya es magnífica historia.

¿Por qué recomendarías a un lector de hoy la lectura de Cien años de soledad?

Gabriel García Márquez contó que, a principios de 1965, iba con su mujer Mercedes y sus dos hijos pequeños para un fin de semana en Acapulco cuando se sintió fulminado por un cataclismo del alma, tan intenso y tan arrasador,
que apenas logró eludir una vaca que se atravesó en la carretera. Hacía tiempo que lo corroía la idea de escribir una novela 'desmesurada', distinta a todo lo que había escrito antes y distinta, sobre todo, de lo que había leído. En la playa de Acapulco pasó días de desasosiego, de no poder dejar de pensar en ese libro que le alborotaba el espíritu.

De regreso a México, se sentó frente a la máquina portátil con que habría de escribir la novela y se quitó de encima la frase inicial que ya no podía soportar dentro de él: "Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo". A partir de allí comenzó a escribir, dominado por la fiebre producida por ese cataclismo, día tras día, a un promedio de unas seis horas diarias, por más de un año y medio, el libro que luego se titularía Cien años de soledad.

¿Puede un libro, un solo libro, cambiar la historia de un hombre y de la literatura en el idioma en que fue escrito? Una vez terminado, sumido en las penurias de la miseria, a García Márquez sólo le alcanzó el dinero para enviar por correo la mitad del manuscrito a la editorial Sudamericana en Buenos Aires. Eran las seis de la tarde de un viernes y el sobre iba a nombre del editor Paco Porrúa.

Unos meses más tarde, en mayo de 1967, estuvieron listos los ejemplares de la primera edición que se agotó tan de prisa como el delirio que envolvió al libro y al autor los años que vendrían. Tomás Eloy Martínez alguna vez dio detalles de ese único y mítico viaje de Gabo y Mercedes a Buenos Aires, primero hospedados en un modesto departamento de la calle Lavalle, en la zona de Congreso, para mudarse pocos días después a un hotel cinco estrellas. Habían llegado al Río de la Plata anónimos y expectantes y se iban envueltos en la gloria de un destino que empezaba a develarse. ¿Por haber escrito ese libro? ¿Qué libro es ése?

Existe un libro capaz de conmover a sus lectores para dejarlos sin aliento desde la primera frase, sin ganas de otra cosa que seguir leyendo, hasta el final, ausentes de la vida, seducidos por la cadencia de esas palabras, fulminados por ese mismo cataclismo del alma. Ese libro cumple cincuenta años. El coronel Aureliano Buendía, frente al pelotón de fusilamiento, recuerda el día en que su padre lo llevó a conocer el hielo. Quien se embarque en la aventura de leer Cien años de soledad, no olvidará nunca el momento en que Gabriel García Márquez lo llevó a conocer, con la misma intensidad arrasadora, ese libro distinto y nuevo, capaz de contagiar la misma fiebre voraz con que fue escrito.


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