miércoles, 10 de agosto de 2005

Una conversación, por Ana Quiroga

La pared del living estaba llena de los cuadros que pintaba la madre de Carolina Happel, la extravagante Marga quien, felizmente, aparecía poco en las reuniones. Me inspiraba cierto temor aquella mujer y, sin embargo, su casa me resultaba cálida. Me encantaba encontrarme con Carolina, amiga de mi marido desde mucho antes de que nos casáramos. Carolina era una mujer inteligente y también muy tímida. Había de todo entre los amigos de Carolina. En general, las reuniones consistían en un poco de música, buena comida y grupos de gente por aquí y por allá hablando vaguedades. A mí me gustaba la casa y la forma en que Carolina
Happel nos recibía. No sabía explicar si sólo por esa razón me sentía tan bien allí y, alguna noche, en medio del jardín, me entusiasmaba mirar a mi marido sonriendo en medio de los otros como si en realidad yo no estuviera en la fiesta (algunas veces llegaba hasta mí el sonido de su voz; no escuché nunca otra voz como la de Octavio). Es probable que nunca hubiese cruzado demasiadas palabras con Carolina porque no sabía exactamente sobre qué hablar con ella. Con mi marido solíamos mezclarnos en alguno de los grupos y escuchar las discusiones de los otros o reírnos de sus chistes. Me divertía la posibilidad de estar metida entre toda esa gente que se tomaba las cosas con tan buen humor y no tener que pasar la noche a solas con mi marido, enfrentando la realidad de que, a veces, yo no sabía ser tan ocurrente como ellos. Carolina estaba enamorada de un tal Juan Miletti al que yo detestaba por su pedantería. Apenas entraba él, Carolina corría a besarlo y a hacerle todo tipo de atenciones. A mí me avergonzaba que demostrara de esa manera cuánto lo apreciaba y esa vergüenza la sentía muy propia, como si estuviese desnudando algo de mí. Mi marido tampoco apreciaba a Juan Miletti, pero había entablado cierta confianza con un amigo de él, Eduardo Ron, un joven corpulento, muy tomador de cerveza y con la cara más barbuda y buena que yo recuerdo. A Eduardo todos lo tomábamos en broma y el hecho de que su debilidad por el alcohol y de que su apellido Ron nos evocara viejos marineros borrachos ayudaba a que todo lo que viniera de él sólo fuera tenido en cuenta más que para la risa. A veces me daba pena porque parecía que nunca podía terminar de decir todo lo que tenía dentro, que ya alguien estaba interrumpiéndolo para soltar algún chiste. Que mi marido lo escuchara atentamente me daba cierta tranquilidad y, bien tarde y medio dormida, de regreso en el auto, le pedía que me contara qué le había dicho Eduardo Ron aunque más no fuera para que se entretuviera contándome algún chisme. Algunas noches frenaba de golpe el auto varias veces:
- Saludá a la gente - me decía Octavio, mientras yo, muerta de risa, inclinaba una y otra vez la cabeza por las sacudidas del auto. En realidad creo que comencé a prestarle más atención a Eduardo el día que Estefanía Orve me contó que había empezado a salir con él. La familia Orve vivía dos casas más allá, en un chalet de tres pisos donde estacionaban el Mercedes que era el sueño de Octavio. Cuando pasábamos por la puerta, él se quedaba extasiado mirando el auto y comenzaba a elaborar ciertas dudosas teorías acerca de las inmediatas ventajas que proporcionaba poseer precisamente ese modelo, porque Mercedes Benz hay muchos como hay muchas mujeres hermosas aunque sólo algunas valgan la pena. Estefanía Orve, pese a ser maestra jardinera, trabajaba en una empresa de telecomunicaciones; por mi marido supe que ganaba mucho dinero y que era jefa de su sector. Daba la impresión de ser mucho más hermosa de lo que era y a mí siempre me había fascinado su manera de mover las manos. Que se hubiese enamorado de Eduardo Ron hizo que Octavio y yo les prestáramos a ambos más atención de la que les habíamos prestado por separado. Él apostaba a que no durarían mucho, sobre todo porque Eduardo no tenía mucho dinero, pero a mí me daba la impresión de que la pareja había comenzado mucho tiempo atrás, que habían demorado en revelarnos la verdad y que el vínculo se había consolidado de un manera más definitiva que la de un matrimonio. La complicidad que comencé a notar un día entre ellos me resultó difícil de sobrellevar y me volví distante; las reuniones comenzaron a suceder muy lejos de mí, aunque el buen humor general y el whisky que tomaba del vaso de mi marido me sacaban de una inexplicable desesperación. Que una de esas noches se sentara junto a mí Eduardo Ron, me distrajo de mis pensamientos. Eduardo no era un hombre hermoso, vi el vaso de cerveza entre sus manos gordas y un transpiradas; habló un poco inclinado hacia delante con los brazos apoyados en el pantalón, como en una confidencia:
- Me gusta este jardín, este patio.
- Sí, hace frío, pero me gustar estar acá - dije yo.
- ¿Y Octavio? - miró hacia el living como si espiara a alguien.
- Por ahí, está hablando con Carolina, creo.
- Al principio creí que lo conocía, pero Octavio es un tipo... Yo no sé si podría... ¿Querés cerveza?
- No, gracias. No me gusta.
- Es decir, no sé, no quiero meterme, pero hace tiempo que... ¿sabés? Estefanía me dijo que Octavio era el tipo más buen mozo que ella había visto.
Lo miré. No imaginaba que Estefanía y él hubiesen estado hablando de mi marido. Él continuó:
- Me puse furioso. Me lo dijo como al pasar, pero yo no pude olvidarlo y comencé a prestarle atención, a sacarle conversación por cualquier cosa- y se rio. - Eduardo es un gran charlatán... es decir, de golpe, te parece un tipo macanudo, simpático, pero después no sabés si te dice las cosas tan ingenuamente o si... pensé entonces en vos, en cómo serían ustedes, digo, no sé, charlando, conversando todos los días...
- ¿Y...? - dije yo sin saber qué decir.
- Me refiero al desayuno, a los paseos, cuando toman un café. Porque él siempre está hablando de cosas estúpidas, pero con vos debe hablar de otras cosas. Es decir, la misma Carolina dice siempre que vos sos una chica muy especial y que ella te quiso desde el primer momento. Es más, una vez dijo que se le notaba el cambio a Octavio desde que estaba con vos...
- ¿El cambio? - pregunté yo, y mi voz salió algo confusa.
- Bueno, eso dijo Carolina.
- Es raro... - alcancé a decir antes de sentir ganas de irme o de pedirle a Eduardo que no me dijera lo que me iba a decir.
- Ya sé que te puede sonar raro, pero no entiendo... sabés, Estefanía te aprecia mucho. Ella y Carolina están todo el tiempo diciendo por qué no te separás de Octavio, y no sé, de pronto, me pareció que alguien tenía que decírtelo a vos...
- Qué curioso, yo...
- No me digas, estás acá sentada con una cara de tristeza inmensa. Todos siempre comentamos esa cara tuya a punto de llorar, esas risas vacías, te reís con unas carcajadas sospechosas, no sé, demasiado falsas...
- Eduardo, mirá...
- Antes de empezar con esto de Estefanía, entendeme, yo la quiero mucho, pero yo había estado fantaseando salir con vos. Me gustabas mucho, yo te miraba y no sé, sos tan linda... - alzó el vaso de cerveza y bebió un sorbo largo... - pero entonces fue que estuve mirándote y mirando a Octavio y le oí decir a Estefanía, claro, éramos amigos, que Octavio le gustaba. Decime, por favor, ¿es que no te das cuenta? ¿Cómo podés estar con ese tipo? Quisiera decirte un montón de cosas sobre él pero no me atrevo. No sé si es que no te das cuenta o no querés darte cuenta. Yo ahora estoy bien, pero vos me das lástima, me desilusionaste. Creí que eras otra cosa.
En ese momento apareció Estefanía como una sombra. No supimos de dónde venía, si había estado escuchándonos, al menos yo no había advertido su presencia:
- ¿De qué hablan? - y antes de que pudiéramos responder le pidió a Eduardo que le trajera cerveza, que trajera cerveza para los tres.
- No le hagas caso, - me dijo cuando él se alejó, - es decir, si te llega a decir cosas malas sobre Octavio no le hagas caso porque él está un poco celoso. ¿Sabés? Antes de que saliéramos yo le había contado que me gustaba un poco, ojo, sólo para ponerlo celoso, pero creo que se lo tomó demasiado en serio. Además, y esto te lo pido como un favor, - se rio fuerte y su risa se convirtió en una carcajada y de pronto me pareció que era una carcajada de las mías - yo creo que si vos lo dejás a Octavio, es decir, si empezás a venir sola, Eduardo va a fantasear con estar con vos. ¿Podés creer que un día me dijo que vos le gustabas? No lo sé... a lo mejor era para hacerme rabiar, ya estábamos saliendo ¿entendés? pero esas cosas no se dicen...
Cuando Eduardo llegó con las cervezas, Estefanía sonrió y comenzó a mover las manos de esa manera fascinante en que sólo ella sabía hacerlo. Cada tanto Eduardo me miraba y yo sentía que esa no era la mirada que me gustaba recibir de él, algo acusadora. Luego la conversación giró sobre alguien que acababa de llegar y a quien yo mucho no conocía. Sentada en medio de ellos dos no me atrevía a levantarme. Lo peor era la sensación de que me habían descubierto. Ya no podría acercarme a Octavio y simular felicidad. Es decir, ¿había logrado hacerle creer a alguien, alguna vez, que era feliz junto a Octavio? Traté de ubicarlo con la mirada, pero no pude, aunque cada tanto me llegaban ecos de su voz. La voz de mi marido. Jamás he vuelto a escuchar otra voz como la de Octavio.

Publicado en Dormir juntos una noche, de Ana Quiroga (Ciudad de Lectores, Buenos Aires, 2002).

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