viernes, 1 de junio de 2007

Bolero, por Jorge Pinedo

Página / 12, 7 de abril de 2003

Dormir juntos una noche, Ana Quiroga, Ciudad de lectores, Buenos Aires, 2003, 110 págs.
Con un módico puñado de notas musicales, Maurice Ravel formuló una base sobre la cual armonizó sucesivas variaciones que desembocaron en su célebre Bolero. Por encima de las consideraciones estéticas que la obra haya desatado, su perdurabilidad basta para incluirlo en el panteón creativo, dejando en el misterio de la emoción estética la diferencia entre el simple ejercicio estudiantil y la obra de arte.

En otra dimensión —no sólo la literaria—, Ana Quiroga (San Juan, 1967) convierte lo que en el plancton parece una convencional tarea de taller en una praxis narrativa donde el ejercicio de la palabra transforma las previsibles neuronas del lector. Los dieciocho cuentos reunidos en Dormir juntos una noche, efectivamente, comparten una similar estructura: en las tres primeras líneas se presentan los personajes (“Precisamente porque sabía que iba a perderla, Lucio Gandolfo parecía demostrarle poco apego a Inés Todd”). Con un ritmo entre cotidiano y subjetivo, a continuación de una escena de tensión que acaricia el suspenso, la trama traza un rizo que modifica los sentidos. Finalmente, un segundo rizo, al modo de una banda de Möbius, instala el relato en una dimensión alterada respecto del inicio, un sacudón, una sutil apoteosis de crueldad.
En seis páginas o en quince líneas, Ana Quiroga juega esa estructura en un sistema de cajas chinas capaz de concentrarse —como en el breve relato “Los recuerdos”, probablemente el más logrado del libro— en un remate contundente donde el sistema de escritura se relanza a sí mismo: “A vos voy a recordarte siempre con tu última cara de odio; y a tu marido, a través de algunos olores, de palabras que sólo yo oí, de algunos miedos confesados entre lágrimas, del aliento en la nuca para sorprenderme, de las cosas pequeñas que se hacen fuera de la cama”.
Con la burguesía como escenario, Dormir juntos una noche abarca una burbuja que en la narración se torna universo toda vez que requiere de personajes con nombre y apellido, hábitos recurrentes, objetos que los representan y ambiciones que los particularizan. Ergología que sería intrascendente si no estuviera hilvanada por conductas que hacen, a posteriori, cada uno de tales atributos jamás intercambiables. En efecto, los atributos pertenecen a sus dueños tanto como sus propiedades materiales, agregándoles un plus de coherencia irracional a aquellos actos a los que las palabras les quedan irremediablemente pequeñas. En una literatura que, durante las últimas dos décadas, tematizó hasta la apología el realismo minimalista, la marginalidad y el reviente, los cuentos de Quiroga brindan un cosmos apaciguado para la miseria humana tanto como para la belleza.

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