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jueves, 3 de mayo de 2007

El corralón, por Ana Quiroga

Ahora es una plaza de Barracas, con tobogán y arenero, frente a la Basílica del Sagrado Corazón y a dos cuadras de la autopista que favorece el tránsito hacia el sur. Antes fue sólo una parcela de tierra sin cultivar, despoblada y sin límites precisos.
Después fue un corralón sucio y concurrido, donde el ganado se seleccionaba para ir a los mataderos. Más tarde volvió a ser un sector abandonado, metros de tierra seca sin aprovechar.
Le seguían diciendo El Corralón aquel amanecer, en el que dos niños, asomados en medio de la muchedumbre, fueron testigos de una carnicería de hombres. El gobernador había decidido festejar el día patrio ejecutando, en algún sitio al aire libre, a varios enemigos del pueblo: a dos asesinos comunes y a cinco prisioneros políticos. Se convino en darles muerte cortándoles la cabeza con un enorme cuchillo de hierro acerado sin afilar, el mismo que usaron antes los carniceros en El Corralón.
Aquel amanecer, los dos niños vieron morir a los siete sentenciados, uno tras otro, entre los gritos de horror y desamparo de algunas mujeres y la sórdida satisfacción de los amigos del gobierno. Uno de los niños, subido a un poste, imaginaba que los muertos morían con la gloria infinita de los héroes: entre ellos, moría también su padre. El otro niño, abiertos los ojos detrás del cuerpo de su madre, temblaba de miedo; sobre el precario patíbulo de madera también estaba su padre: con serena destreza manejaba el cuchillo.


El cuento "El corralón" integra el libro Dormir juntos una noche (Ciudad de lectores, 2002); y fue publicado en la revista Proa Nro. 2, febrero de 2005, editada por la Fundación Internacional Jorge Luis Borges, dirigida por María Kodama.