lunes, 16 de abril de 2007

La inutilidad de los regalos, por Ana Quiroga

Envuelto en un toallón de colores oscuros el hombre sale del baño con el pelo mojado. Ha demorado lo suficiente como para que su mujer, que se había bañado antes que él, tuviese tiempo de secarse el cabello, vestirse y maquillarse. Él la mira y aunque la ve hermosa no se lo dice. Hace tiempo que no se lo dice porque cada vez que se cruzan en el espejo él ve que ella está igual que el día en que se casaron, con la piel
fresca y joven; él, en cambio, ha empezado a perder pelo y varias arrugas le surcan la cara. La mujer abre y cierra el cajón de la mesita de luz, luego los dos primeros de la cómoda. Busca con insistencia en una serie de cajitas de madera o metal que a modo de ocasionales alhajeros reposan sobre los muebles. Va y viene por la habitación, pisa sin darse cuenta el toallón que él dejó caer, pasa por encima de los zapatos desordenados y continúa buscando en los bolsillos de algún saco o en su cartera. ¨No encuentro lo que le compré a Verónica¨, miente ella que sabe que el perfume para la prima de él descansa en un bolsillo del tapado. Él repite uno de sus comentarios sobre la inutilidad de los regalos, que le parecen un halago estúpido a la vanidad de algún imbécil. Aunque nada menciona sobre los regalos recibidos, se jacta, como suele hacerlo siempre, de que él, que se ha llevado tantas mujeres a la cama, y qué cosa hay que valga más la pena que eso, jamás, y deja de abrocharse el pantalón para darle mayor énfasis a sus palabras, jamás le ha comprado nada a una mujer, jamás le ha hecho un obsequio más allá que el de regalarse a sí mismo. Su esposa encuentra por fin en un sobre de papel el fino collar de hilos dorados que había estado buscando. Lo mira en la palma de su mano y desarma el nudo de hilos enredados y recuerda a otro hombre. En una ceremonia secreta se coloca el collar levantándose el pelo con cuidado, le da dos vueltas alrededor del cuello y lo impregna de un perfume extranjero de un envase raro del que quedan escasas gotas. Sólo ella sabe qué oscura traición encierran el perfume, el collar de hilos dorados y ciertas palabras que su marido nunca oirá. Ella se mira en el espejo y los dos vuelven a cruzarse. Él continúa hablando de ciertas aventuras amorosas ocurridas no hace mucho, mientras su mujer acaricia el collar y con el una determinada tarde compartida con otro hombre, que también irá a la fiesta.

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