martes, 17 de abril de 2007

Trance final, por Ana Quiroga

Manuel Villalba, de 25 años, es analista de sistemas, sabe hablar perfectamente inglés y alemán pero no consigue trabajo en la Argentina. Desde que se recibió, su primo Ignacio le insiste en que viaje con él a España, que busquen algo allá, en cualquier parte. Ambos pueden obtener su pasaporte español por un abuelo en común. El pasaporte les permite ingresar a la Comunidad Europea: la esperanza de un trabajo que
tendrá, además, el extraño beneficio de estar bien remunerado.
Sorteados los obstáculos en el Consulado de España, con el pasaporte en la mano, sienten que ya nadie podrá detenerlos. Tienen los pasajes y la aprobación de la familia, ninguno de los dos deja una novia con lamentos, son jóvenes, libres y Europa los espera. Sin embargo, ninguno de los dos ha previsto lo peor: poder salir de la Argentina.
El Aeropuerto Internacional de Ezeiza, esa posible “única salida para los argentinos”, es un aeropuerto oscuro, con poco movimiento, pero a ellos la alegría de marcharse no les borra la sonrisa del rostro desde los últimos días. Se despiden de los amigos, de una prima, de la madre y ni siquiera el lejano rumor de un tango logra entristecerlos: ellos están del lado de los que se van, de los que tienen, todavía, posibilidades de triunfo.
Pero han olvidado algo: su pasaporte argentino. No pueden salir sin él. “Pero ahora nosotros somos ciudadanos españoles, salimos como españoles”. “Lo siento”, dice imperturbable el inspector de Migraciones, “ustedes son argentinos y deben salir con pasaporte argentino. Allá, si quieren, ingresan con el español, pero de acá no se van sin el argentino”. “No, no entiende”, le dice Manuel, que ve desmoronarse un año de trámites y toda una vida de sueños por cumplirse, “desde ahora somos españoles, dejamos de ser argentinos: renunciamos a nuestra nacionalidad”.
Desde el portavoz se oye el anuncio del vuelo que saldrá, sin ellos, veinte minutos después. Ya han despachado las valijas y el corazón de ambos hace rato aguarda en España, pero aún así no pueden irse. La larga fila de pasajeros deja escuchar alguna queja. Ellos, indignados, insisten a los gritos: “¿a dónde hay que firmar que no queremos ser más argentinos?”. “En ningún lado, usted, hasta el final, seguirá siendo argentino siempre, aunque lo lamente”.
Dos días después consiguen viajar vía Uruguay. Salen presentando su documento del Mercosur con destino a Montevideo. Allí toman sus pasajes. La aerolínea ya está acostumbrada a este tipo de arreglos: lo que les sucedió a Manuel y a Ignacio, les sucede a muchos.
Mientras el avión despega, alguien, en Ezeiza, sufre el mismo percance. En la Argentina nadie conoce las leyes: es imposible estar al tanto de la infinidad de múltiples modificaciones que cada gobierno se encarga de realizar. Gobiernos que pueden durar, a veces, tan sólo una semana.

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