martes, 17 de abril de 2007

Presentación en La Habana


Carta de presentación para un libro postergado.
Querida Ana: Te escribo esta vez públicamente, y espero sepas perdonar la falta de discreción que debe existir entre los escritores.
Hace un año te envié mi primera carta, justo al terminar de leer el libro que habías enviado al Premio Casa de las Américas. Tuve la suerte de integrar el Jurado y la dicha de leerte cuando parecía que la postergación
de tus cuentos no sería tan breve.
La Mención del Premio, no obstante, te fue otorgada por unanimidad, y yo, única mujer de aquel grupo, me quedé con el buen sabor de haber logrado, a través de la vehemencia con que defendí tu libro, el reconocimiento que merecías.
En aquella ocasión te dije lo que hoy, frente a quienes serán tus lectoras y lectores, voy a repetir:
Tu libro es, como diría tu coterráneo Abelardo Castillo al hablar de la literatura y la felicidad en su memorables "Ser escritor", un conjuro contra la infelicidad y la desdicha.
Tus cuentos deslumbran porque depositan el deseo, la nostalgia, la ausencia, lo que se ha perdido o no se quiere perder.
En las narraciones que hoy nos regalas, demuestras no sólo tu dominio de la técnica narrativa (que después de todo, poco importa para la memoria) sino sobre todo, tu exquisita sensibilidad de narradora genuina.
Breve postergación es un libro de empeños, que armaste con cuidado de orfebre, como si fuera una antigua mantilla de encajes. Huyendo de cualquier intento de encasillarte, hablas con voces de niños, de hombres policías, de mujeres víctimas de la violencia, de campesinos, de personajes que sumerges en un mundo que, por no ser dorado, resulta angustiosamente real.
Nada es idílico en tu obra, y por eso mismo, es verosímil, perfeccionable, sin dejar fuera del juego a nadie ni a nada. Los duros momentos que tu país soporta, aparecen, llevados de mano maestra en varios de tus cuentos. No con esa demagógica intención de quienes exigen a los escritores que ofrezcan soluciones que no tenemos, sino por el placer de contarnos, como dice Juan Madrid, porque el escritor es el último de los artesanos en un mundo industrializado.
La misma destreza empleas para hablarnos de la mujer. No de damas que languidecen tras las persianas, ni de aguerridas leonas que se defienden con dentelladas, sino de mujeres tan comunes como tú o yo.
Mujeres que fuimos, muchachas pletóricas de ilusas convicciones, mujeres-madres que nos dejamos aprisionar, y las mujeres desencantadas y envejecidas que seremos.
No debe ser azaroso que quince de los veintitrés cuentos de este libro sean protagonizados por mujeres, aunque sepamos que tiene razón Rosa Montero al decir que tenemos la necesidad absoluta de convertirnos en eternas indigentes de la mirada ajena.
No si somos exactamente como tú nos cuentas, o si nos miramos con mirada ajena. Lo trascendente es lo potencial, la posibilidad de haber sido, de ser o de convertirnos en personajes que vivificas a través de tus palabras.
Como te resistes a montarte en un barco de feminismo a ultranza, también das vida a hombre y niños, que se encargan de contarnos desde sus miradas, asuntos tan terribles como un asesinato, un cáncer o un mal de amores.
Dicen que la casualidad, como la ley, tiene el brazo demasiado largo. El mismo año en que te descubrí a través de este inolvidable libro, fui a la Feria del Libro de Buenos Aires. Compartimos momentos de intercambios entre las dos, hablando cada una de sus respectivas inquietudes, y nos contamos de nuestros países, como hacemos hoy, cuando por fortuna para todos, has venido a esta Feria.
Voy a terminar por ahora, igual a como hice antes: Gracias, amiga, por permitirnos entrar en tu mundo, que es el mundo de tu literatura. Eres bienvenida entre nosotros, y compartimos la felicidad de no permitirte una postergación más, por muy breve que sea. Las lectoras y lectores que pronto van a descubrirte, darán fe de mi agradecmiento de hoy.

Laidi Fernández de Juan,
Febrero, 2007.

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