miércoles, 18 de abril de 2007

Tirarse al río, por Ana Quiroga

La primera vez que nos tiramos al río desde el puente, once años tenía. Me pareció una cosa de reírse y me subí como los otros y me arrojé. Apenas caí al agua sentí como un golpe en la espalda y de la risa y el miedo fui y me tiré de nuevo, como veinte veces más. éramos muchos y de las mismas edades así que nadie me dijo qué valiente que sos, porque ellos hacían lo mismo. Al día siguiente fuimos y nos tiramos de nuevo y yo pensé en buscar piedras en el fondo del río y busqué algunas y encontré una lata, toda marrón y abollada, que decía “chocolates” y tenía unas chicas de pelo cortito con unos vestidos con flores. El tercer día, o el
cuarto, no recuerdo, fue que me picó ese bicho en la rodilla y tuve que hacer cama. Dos semanas, dijo el médico, y fueron seis. El pie se hinchaba y se deshinchaba y me decían que iban a cortármelo: yo no tenía miedo, nunca nadie antes me había cortado una pierna.
Cuando por fin pude caminar otra vez y fui hasta el río con los otros, ya casi estaba terminando el verano. Yo andaba bien, el pie ni lo sentía. Estaba contenta de andar por donde yo quería y cuando vi el puente pensé “voy y me tiro”. Pero cuando llegué y miré hacia abajo, algo... fue como un mareo, así, de pura sorpresa y yo me dije: vos de este puente no vas a poder tirarte en tu vida, nunca más, ése es un miedo que no querés sentir de nuevo. A los otros les mentí y a nadie le importó. Estaba terminando el verano y en pocos días dejamos todo eso y volvimos a la vida de siempre, a las maestras, a los gritos en la casa. Alguna vez me escapaba y me tomaba el tren y me iba sola al río y me paraba y pensaba: vas a tener que hacerlo. Tenés que acabar con este miedo y saltar, pero ya sabía yo que no iba a querer, que es otra cosa que poder. Aunque pudiera, ya lo había comprobado, no iba a querer saltar al río.
Y eso fue lo mismo que pensé muchos años después, pero muchos, muchos. El era un hombre malo y yo no había sabido elegir y él me pegó durante mucho tiempo y yo, que siempre volvía a levantarme, un día pensé: ya no voy a querer más que éste me siga pegando, no voy a querer eso para mí y ahí fue que lo dejé y me vine. Pero esto que le digo así de fácil me llevó demasiados años para que me diera cuenta.
Después fueron creciendo ellos y se fueron yendo de la casa, ya se sabe, algunos se casaron, uno, de él, ya no supimos más. Y ésta que era la que más quería, que era tan guapa y trabajadora, no va y se equivoca de la misma forma, igualita, y yo no lo supe en un principio pero lo sospechaba hasta que no pude creerme que se había caído de las escaleras y me di cuenta ahí mismo. Otra vez fue como si me hubiese parado en el puente, pero debía arrojar a mi hija. Yo estaba parada y tenía que decirle “tirate” y ella era esa bebé que me hacía reír y la que mejor le fue después en las escuelas y yo le tenía que decir “tirate” y yo sabía que iba a poder, pero le veía la cara de no estar queriendo.
Entonces fui y le hablé a mi yerno en la cara y le dije cosas que no había dicho antes y él me pegó a mí también y agarré lo primero que encontré y lo hice desangrar. Esa vez fui libre porque los jueces dijeron lo de la emoción violenta pero apenas salí la vi a ella tan desfigurada. Yo había estado ausente y ella otra vez a buscar lo mismo. Y le hablé pero fue como si no. Anduve unos días bastante mala con ese pensamiento hasta que alguien me avisó que ella otra vez se había lastimado y yo me fui derechito a verla como me iba al puente y la vi toda hecha un mar de sangre y de dolores y me dije, tenés que acabar con este miedo, esta vez hay que saltar, alguien va a tener que querer y que poder. Y entonces me decidí y la maté a ella.

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