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lunes, 30 de abril de 2007

Tragedia en Harlem, por O'Henry

Harlem. La señora Fink acaba de entrar en casa de la señora Cassidy, que vive en el piso debajo del suyo.
-¿Has visto qué hermosura? -dijo la señora Cassidy.
Volvió el rostro con orgullo para que su amiga la señora Fink pudiese verlo. Tenía uno de los ojos casi cerrado, rodeado por un enorme moretón de un púrpura verdoso. También tenía un corte en el labio, que le
sangraba un poco, y a ambos lados del cuello se veían marcas rojas de dedos.
A mi marido no se le ocurriría jamás hacerme una cosa semejante -manifestó la señora Fink, tratando de ocultar su envidia.
-Yo no viviría con un hombre -declaró la señora Cassidy- que no me pegase al menos una vez a la semana. Eso demuestra que te tiene por algo. ¡Aunque esta última dosis que me ha dado Jack no se puede decir que haya sido con cuentagotas! Todavía veo las estrellas. Pero será el hombre más dulce de la ciudad durante toda la semana, como indemnización. Este ojo vale lo suyo a cambio de unas entradas de teatro y una blusa de seda.
-Me atrevo a esperar -dijo la señora Fink, simulando complacencia- que el señor Fink sea demasiado caballero para atreverse jamás a ponerme la mano encima.
-¡Venga ya, Maggie! -dijo riéndose la señora Cassidy, mientras se untaba el ojo con linimento de avellano-, lo que pasa es que tienes envidia. Tu viejo está demasiado cascado y es demasiado lento para darte un puñetazo. Se limita a sentarse y a hacer gimnasia con un periódico cuando llega a casa. ¿O no es verdad?
-Es cierto que el señor Fink se embebe en los periódicos cuando llega -reconoció la señora Fink, asintiendo con la cabeza-; pero también es cierto que jamás me toma por un Steve O’Donnell sólo para divertirse, eso desde luego que no.
La señora Cassidy se rió con la risa satisfecha de la matrona feliz y protegida. Con el aire de una Cornelia exhibiendo sus joyas, se bajó el cuello del quimono y descubrió otro hematoma allí atesorado, de color marrón y con un cerco naranja y oliváceo. Un buen cardenal sin lugar a dudas, pero que sin embargo sería recordado con amor por su valía.
La señora Fink se rindió. Su ceremoniosa mirada se suavizó para convertirse en envidia y admiración. Ella y la señora Cassidy habían sido compañeras de trabajo en la fábrica de papel del sur de la ciudad antes de casarse, hacía un año. Ahora, ella y su hombre ocupaban el piso de arriba del de Mame y el suyo. Así que no podía andar fingiendo con su amiga.
¿Y no te duele cuando te zurra? -preguntó con curiosidad la señora Fink.
¡Dolerme! -exclamó la señora Cassidy lanzando un grito de gozo con su voz de soprano-. Dime, ¿se te ha caído alguna vez encima una casa de ladrillo? Bueno, pues eso es lo que se siente; como cuando te están desenterrando de entre los cascotes. Jack tiene una izquierda que vale por dos sesiones de tarde y un nuevo par de zapatos Oxford, ¡y no digamos su derecha! Su derecha supone un viaje a Coney Island y seis pares de carretes de encaje de seda escocesa calada como desagravio.
-Pero ¿por qué te pega? -preguntó la señora Fink con los ojos muy abiertos.
-¡Qué tonta eres! -exclamó la señora Cassidy con indulgencia . Pues porque viene cargado. Suele ser los sábados por la noche.
-Pero ¿qué motivo le das tú? -insistió la señora Fink empecinada en su pesquisa.
-¿Pues no me he casado con él? Jack llega borracho y yo estoy aquí, ¿no? ¿A quién más tiene derecho a pegar? ¡Y que no lo coja yo pegando a ninguna otra persona! A veces es porque la cena no está lista, y a veces porque sí. Jack no anda mirando los motivos. Simplemente se pone a beber hasta que se acuerda de que está casado, y entonces se viene para casa y la toma conmigo. Los sábados por la noche aparto los muebles con esquinas picudas para no abrirme la cabeza cuando pone manos a la obra. ¡Tiene un gancho de izquierda que te deja temblando! A veces me doy por vencida en el primer asalto; pero cuando tengo ganas de divertirme durante la semana, o me apetece algún trapito nuevo, entonces me levanto para que me siga castigando. Eso es lo que hice anoche. Jack sabe que llevo un mes deseando una blusa de seda, y no me pareció que un ojo morado fuese suficiente para conseguirla. Te voy a decir una cosa, Mag, apuesto lo que quieras a que me la trae esta noche.
La señora Fink estaba sumida en profundos pensamientos.
-Mi Mart -dijo- no me ha dado una paliza en su vida. Es como tú has dicho, Mame; llega a casa de mal humor y no dice ni una sola palabra. Nunca me lleva a ningún sitio. Por toda diversión se dedica a hacer en casa de calientasillas. Me compra cosas, pero lo hace con aire tan abatido que nunca las aprecio.
La señora Cassidy rodeó a su amiga con el brazo.
-¡Pobrecita mía! -dijo-. Pero es que no todo el mundo puede tener un marido como Jack. El matrimonio no sería un fracaso si todos fueran como él. Todas esas mujeres descontentas de las que se habla lo único que necesitan es un hombre que llegue a casa y les dé una paliza una vez a la semana, para convertirla luego en besos y crema de chocolate. Eso les daría alguna ilusión de vivir. Lo que yo quiero es un hombre dominante que te zurra cuando llega de juerga y te abraza cuanto está sereno. ¡Que Dios me libre del hombre que no tiene agallas para hacer ninguna de las dos cosas!
La señora Fink suspiró.
De repente se oyeron ruidos en el vestíbulo. La puerta se abrió al instante ante la patada del señor Cassidy. Traía los brazos cargados de paquetes. Mame voló hacia él y le echó los brazos al cuello. Su ojo morado resplandecía con la luz de amor que brilla en los ojos de la doncella maorí cuando recobra el sentido en la cabaña después de haber sido golpeada y arrastrada hasta allí por su pretendiente.
-¡Hola, guapísima! -exclamó el señor Cassidy.
Dejó los paquetes y la levantó en volandas con un poderoso brazo.
-Tengo entradas para el circo Barnum and Bailey’s, y si deshaces uno de esos paquetes es muy posible que encuentres esa blusa de seda que querías... Perdón, señora Fink, muy buenas tardes, no la había visto a usted. ¿Cómo anda el bueno de Mart?
-Muy bien, señor Cassidy, muchas gracias -dijo la señora Fink-. Y ahora tengo que subir ya. Mart llegará pronto a cenar. Mañana te traeré el patrón que querías, Mame.
La señora Fink subió a su casa y se echó a llorar un poco. Era el suyo un llanto sin sentido, ese tipo de llanto que sólo entienden las mujeres, un llanto enteramente absurdo, sin una causa concreta, el más efímero y desesperado de todos los llantos que existen en el repertorio del dolor. ¿Por qué Martin no la había golpeado nunca? Era tan alto y tan fuerte como Jack Cassidy. ¿Es que ella no le importaba nada? Nunca discutía; llegaba a casa y se dejaba caer a la bartola, callado, taciturno, inmóvil. Era un proveedor relativamente decente, pero nada sabía del picante de la vida.
El barco de sueños de la señora Fink estaba en calma chicha. Su capitán iba de su budín de pasas a su hamaca. ¡Si al menos hiciese temblar las cuadernas o le diese patadas al alcázar de vez en cuando! ¡Y ella que había soñado con zarpar alegremente, llegando a tocar puerto en las islas Deliciosas! Pero ahora, para variar, estaba dispuesta a tirar la toalla, exhausta, con un rasguño como toda muestra de aquellos asaltos mansos e insípidos de combate simulado. Por un instante, casi llegó a odiar a Mame, a Mame con sus heridas y moretones, con su bálsamo de regalos y besos, embarcada en aquel tormentoso viaje junto a su pendenciero, brutal y enamorado compañero.
El señor Fink llegó a casa a las siete. Venía impregnado de la maldición de la domesticidad. No le interesaba lo más mínimo andar vagando más allá de los límites del portal de su cómodo hogar. Era el hombre que ya ha tomado el tranvía, la anaconda que ha engullido su presa, el árbol que yace allí donde cae.
¿Te gusta la cena, Mart? -preguntó la señora Fink, que se había afanado en ella.
-No está mal -gruñó el señor Fink.
Después de cenar se puso a leer los periódicos. Se sentó con los calcetines al aire, sin zapatos.
¡Despierta, oh nuevo Dante, y dime cuál será el rincón de perdición más apropiado para el hombre que se sienta en su casa en calcetines! Hermanas de la Paciencia que, obligadas por las ataduras o el deber, lo han inmortalizado en seda, hilo, algodón o lana, ¿no pertenece a ellas el nuevo canto?
El día siguiente era el Día del Trabajo. Las ocupaciones del señor Cassidy y el señor Fink cesaban durante una jornada del sol. El trabajo, triunfante, desfilaría por las calles y, por otra parte, encontraría una expansión.
La señora Fink bajó temprano a casa de la señora Cassidy con el patrón. Mame tenía puesta su blusa de seda nueva. Incluso su ojo morado se las arreglaba para lanzar un destello festivo. Jack mostraba su fructífera penitencia, y ante ellos se abría un día de regocijo, lleno de parques, meriendas al aire libre y cerveza rubia.
Una creciente e indignada envidia fue apoderándose de la señora Fink mientras volvía a casa. ¡Ay, la feliz Mame, con sus golpes y su inmediato bálsamo calmante! ¿Pero es que Mame había de tener el monopolio de la felicidad? No cabía duda alguna de que Martin Fink era tan buen hombre como Jack Cassidy. ¿Iba su esposa a vivir siempre sin un palo ni una caricia suya? Una idea súbita y brillante que la dejó sin aliento se le ocurrió de repente a la señora Fink. Le demostraría a Mame que había maridos tan capaces de usar sus puños, y quizá de mostrarse tan tiernos después como cualquier Jack.
El día de fiesta parecía que de fiesta sólo iba a tener el nombre en casa de los Fink. La señora Fink tenía las pilas de la cocina llenas de ropa sucia de dos semanas que había estado en remojo toda la noche. El señor Fink, en calcetines, estaba leyendo el periódico. Así es como la fiesta del Trabajo amenazaba transcurrir.
La envidia se encendió vivamente en el corazón de la señora Fink, y más vivamente aún nació una resolución audaz. Si su hombre no le había pegado nunca, si todavía no había demostrado su hombría ni sus prerrogativas ni su interés por los asuntos conyugales, habría de ser incitado a cumplir con su deber.
El señor Fink encendió la pipa y se frotó pacíficamente un tobillo con el otro pie, enfundado en su calcetín. Permanecía en la vida conyugal como un grumo de mantequilla en un pastel mal revuelto. Aquél era su Eliseo horizontal: sentado cómodamente, ceñía con sus manos, negligentemente, un mundo de letra impresa; y mientras tanto le llegaban los ruidos de su esposa chapoteando al lavar y los agradables olores de los recién retirados platos del desayuno y los de la comida por venir. Había muchas ideas alejadas de su mente, pero la más alejada de todas era la de pegar a su mujer.
La señora Fink abrió el agua caliente y metió las tablas de lavar en las pilas. Del piso de abajo le llegó la alegre risa de la señora Cassidy. Sonaba como un sarcasmo, como una ostentación de su propia felicidad en la mismísima cara de la intocada novia del piso de abajo. Ahora le tocaba a la señora Fink.
De repente se volvió como una furia hacia el hombre enfrascado en su lectura.
-¡Escucha, maldito gandul! -gritó-. ¿Es que tengo que ajarme las manos lavando como una esclava por tu cara bonita? ¿Eres un hombre o un perrito faldero?
El señor Fink dejó caer el periódico, paralizado por la sorpresa. Ella temió que no fuese a pegarle, que la provocación hubiera sido insuficiente. Se lanzó hacia él y lo golpeó ferozmente en la cara con el puño cerrado. En aquel instante sintió un estremecimiento de amor por él, que hacía mucho tiempo que no sentía. ¡Levántate, Martin Fink, y entra en tu reino! ¡Ahora tenía que sentir sobre ella el peso de su mano, para demostrarle que la quería, sólo para demostrarle que la quería!
El señor Fink se puso en pie de un salto y Maggie volvió a golpearlo en la quijada con un fuerte impulso de la otra mano. Cerró los ojos en aquel momento de bienaventurado temor que precedía a su esperado ataque, susurró su nombre para sus adentros, y se inclinó para recibir el deseado golpe, hambrienta de recibirlo.
En el piso de abajo, el señor Cassidy, con un rostro avergonzado y contrito, estaba empolvándole el ojo a Mame, preparándola para su tarde de juerga. Del piso de arriba llegó el sonido de una voz femenina que gritaba, y se oyó una sacudida, un tropezón y un arrastrar de algo, una silla volcada, signos indiscutibles de un conflicto doméstico.
-¿Mart y Mag zurrándose? -apuntó el señor Cassidy-. No sabía que se entregasen a esas cosas. ¿Subo a ver si necesitan un árbitro?
Uno de los ojos de la señora Cassidy resplandeció como un diamante. El otro lanzó al menos un destello de bisutería.
-Huy, huy -dijo con suavidad y sin significado aparente, con ese tono femenino como de jaculatoria-. ¡A lo mejor, a lo mejor...! Espera, Jack, que voy a subir a ver.
Corrió escaleras arriba. Mientras cruzaba el vestíbulo del piso de arriba, la señora Fink salió de su casa por la puerta de la cocina, como un salvaje torbellino.
-¡Maggie! -exclamó la señora Cassidy, con un suspiro de placer-. ¿Lo ha hecho? ¿Dime, lo ha hecho?
La señora Fink corrió a esconder la cabeza en el hombro de su amiga y se puso a sollozar desesperadamente.
La señora Cassidy cogió el rostro de Maggie entre sus manos y lo levantó con dulzura. Estaba bañado en lágrimas, pálido y enrojecido, pero su superficie aterciopelada, blanca y rosa que iba llenándose de manchas, no tenía ni un rasguño, ni un golpe, ni había sido mínimamente desfigurada por el cobarde puño del señor Fink.
-Dime algo, Maggie -le suplicó Mame-, o si no entraré ahí para averiguarlo. ¿Qué ha pasado? ¿Te ha hecho daño, qué te ha hecho?
La cara de la señora Fink volvió a hundirse desesperadamente en el hombro de su amiga.
-Por lo que más quieras, Mame, no abras esa puerta -sollozó-. Y nunca se lo digas a nadie, guárdatelo para ti sola. No ha... no ha llegado a tocarme siquiera, y está... ¡Ay, Dios mío!, está lavando la ropa, ¡está lavando la ropa!